Golpeé la mesa.
“Nos abandonó.”
“Sí. Huyó. Y él mismo admite que fue un cobarde. Pero el dinero no se lo llevó.”
Luego me explicó los retiros. Medicinas, consultas cardiológicas,
comida, ropa.
Todo había salido de sus ahorros.
Yo abrí mi portafolio y el sobre con los documentos del divorcio cayó sobre la mesa.
Lucía lo vio.
No gritó.
Eso fue peor.
“¿Ibas a divorciarte de mí?”
“No los firmé.”
“Pero los pediste.”
“Camila me mostró…”
“Claro. Camila.”
Lucía me miró con una tristeza que todavía me avergüenza recordar.
“Yo mentí para protegerte de una verdad que podía romperte. Tú, en cambio, estabas dispuesto a condenarme sin preguntarme nada.”
Se marchó al dormitorio de invitados.
Al día siguiente fui a ver a mi padre.
Nos sentamos separados en una banca del patio.
“No vine a perdonarte”, le dije.
“No te lo merezco.”