Diez años después de que Alba arruinara mi vestido con huevos, llegué a su boda y descubrí que pensaba convertir aquel recuerdo en el entretenimiento de la noche. «No montes un drama, Lucía», volvió a decir mi suegra. No respondí: abrí la caja azul y pedí que encendieran la pantalla. Dentro quedaban 3 documentos que Sergio aún no había visto.

Una noche, Hugo le confesó a Lucía que se sentía culpable por haber dejado encendida la grabadora.

—Si no la hubiera dejado, quizá seguiríais juntos.

—Y quizá yo seguiría sin saber la verdad —respondió ella—. Conocerla dolió, pero vivir engañada habría dolido durante mucho más tiempo.

2 meses después, Sergio empezó terapia por iniciativa propia. Una tarde pidió hablar con Lucía en una cafetería.

—He entendido algo. Toda mi vida confundí evitar conflictos con mantener la paz. Cada vez que mi madre cruzaba un límite, yo pensaba que callarme era lo más fácil.

Lucía removió el café.

—Era lo más fácil para ti.

Sergio asintió.

—Sí. El coste lo pagabas tú.

No añadió excusas.

Aquello no reconstruyó el matrimonio, pero fue la primera vez que Lucía sintió que comprendía lo que había hecho.

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