Copias de identificación.
Transferencias.
Y nuevas fotografías que supuestamente la mostraban entrando a un motel con otro hombre.
Lucía me miró.
“Mateo, mírame y dime que crees que hice esto.”
Tenía seis consejeros, mi madre, mi hermana y veinte años de desconfianza observándome.
Y cometí el peor error de mi vida.
“No
sé qué creer.”
Lucía dejó su identificación de la fundación sobre la mesa.
“Entonces ya no tengo nada que hacer aquí.”
Al pasar junto a mí susurró:
“Ve con tu padre esta noche. Tiene una caja que lleva veinte años esperando por ti.”
Horas después llegué a la residencia.
Una enfermera estaba llorando en la entrada.
“Se llevaron a don Joaquín al hospital. Le dio un infarto.”
Me entregó una vieja caja de zapatos.
Antes de subir al coche vi escrito mi nombre en uno de los sobres que había dentro.