Y debajo había otro nombre.
Camila Serrano.
Parte 3
Encontré a mi padre conectado a monitores en urgencias.
Cuando me vio entrar, levantó una mano.
“Viniste.”
Me senté junto a él.
Por primera vez en veinte años pronuncié una palabra que creí enterrada.
“Papá.”
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Abrimos juntos la caja.
Había cartas que me había
enviado durante años y que nunca recibí. Había recortes de periódicos, copias bancarias y un recibo de una gasolinera en Nayarit.
La fecha correspondía exactamente a la madrugada del robo.
La transferencia había sido autorizada desde Guadalajara a la 1:28.
A la 1:41, mi padre había pagado gasolina a más de 180 kilómetros.
“Me sacaron de la ciudad con una llamada falsa”, explicó. “Me dijeron que tu tío había sufrido un accidente.”
Luego me mostró una declaración escrita por el antiguo gerente del banco.