Regresé antes de lo previsto y encontré una nota atada a una rama de olivo frente a mi puerta, mientras los Aranda ya calculaban cuánto valía la finca que yo había levantado desde la ruina. “Vende antes de que otros decidan el precio por ti.” No respondí: quemé la nota y llevé mis escrituras al registro. Pero el viejo mapa escondido por Teresa revelaba algo que ellos jamás quisieron que yo encontrara.

al suelo.

La base se abrió.

Dentro había una bolsa de tela.

Clara encontró 14 monedas de oro antiguas.

Se quedó sentada en el suelo durante varios minutos, incapaz de respirar con normalidad.

Aquello no bastaba para recuperar su antigua casa, pero sí para desaparecer de una ciudad donde todos conocían su ruina.

2 días después, en una taberna cercana al mercado, escuchó a un corredor de tierras llamado Anselmo Rivas hablar de una finca que nadie quería.

Estaba en una zona montañosa entre Asturias y León, aislada por barrancos y caminos de piedra. El anterior propietario había fallecido sin descendencia directa. La casa llevaba casi 3 años abandonada.

—Allí no queda nada —aseguró Anselmo—. Solo monte, humedad y piedras.

El precio era casi exactamente el valor de las 14 monedas.

Clara compró la propiedad sin verla.

Doña Amalia pensó que había perdido el juicio.

Mercedes se enteró y se